Vida
El primer año de oposición, lo que nadie te cuenta antes
Ni es imposible ni es un año normal. Esto es lo que suele pasar en los primeros doce meses y cómo llegar entero al final.
Ruta Policial4 min de lecturaActualizado el

Decidir opositar se hace en una tarde. El primer año dura doce meses y se parece poco a lo que uno se imagina esa tarde.
Esto no va de motivación. Va de saber qué viene, porque casi todo el mundo pasa por las mismas fases y sorprende menos cuando ya te lo han contado.
Los tres primeros meses, la ilusión barata
Al principio todo va bien. Compras el temario, montas un horario ambicioso, cuentas que te presentas. La cabeza tira sola porque el proyecto es nuevo.
Dos avisos para esta fase. El primero, no montes un horario de doce horas diarias que no vas a sostener en noviembre; monta el que puedas cumplir un mal martes. El segundo, no te gastes el presupuesto entero de golpe en material. Vas a descubrir en el mes tres qué te sirve y qué no.
Aprovecha este empujón para lo aburrido: leerte las bases enteras, resolver los requisitos, sacarte el carné si te falta, hacerte la revisión médica si algo del cuadro de exclusiones te preocupa. Es papeleo, y con ganas se hace mejor.
Del mes cuatro al seis, el bajón real
Aquí se cae mucha gente. La novedad se ha gastado, el examen todavía queda lejos y ya no ves progreso porque el progreso ha dejado de ser visible.
Es normal y tiene explicación. Al principio pasas de no saber nada a saber algo, y eso se nota mucho. Luego pasas de saber bastante a saber un poco más, y eso no se nota nada.
Lo que ayuda en esta fase es medir. Temas cerrados, aciertos por bloque, reincidencia en fallos. Cuando la sensación dice que no avanzas y el número dice que sí, hazle caso al número.
Del mes siete al doce, la fase de oficio
Si aguantas el bajón, aparece algo mejor que la motivación: la costumbre. Te sientas a estudiar sin discutirlo contigo mismo. Es el momento en el que la oposición empieza a parecerse a un trabajo, y eso es buena señal.
Aquí conviene meter simulacros completos, aunque no toque examen todavía. Y conviene empezar a entrenar en serio si tu proceso tiene pruebas físicas, porque el cuerpo no admite prisas de última hora.
El dinero
Hablemos de esto, que se evita mucho y condiciona todo.
Haz números al empezar: material, academia si vas a ir, tasas, desplazamientos al examen. Y decide con antelación cuántas convocatorias puedes sostener. No es derrotismo: es lo que te permite decidir con calma en vez de decidir en marzo con el agua al cuello.
Si dejas de trabajar para opositar, pon fecha a esa decisión y revisa en ella. Vivir sin plazo definido con ingresos cero desgasta más que el temario.
La gente de alrededor
Tu entorno no entiende esto, y no por mala fe. Verán que estás en casa y pensarán que estás libre. Preguntarán cada semana cuándo es el examen.
Dos cosas ayudan. Una, explicar tu horario una vez, en concreto, y pedir que lo respeten como se respeta un turno de trabajo. Dos, no desaparecer. El opositor que se encierra doce meses llega al examen agotado y sin nadie con quien celebrarlo ni con quien digerir un suspenso.
Reserva un hueco fijo a la semana que no sea de estudio. Es parte del plan, no una recompensa que hay que ganarse.
Academia o por libre
No hay una respuesta buena para todos. La academia aporta estructura, corrección y gente en tu misma situación. Preparar por libre sale mucho más barato y da flexibilidad total de horarios, que si trabajas a turnos puede ser decisivo.
Lo que sí hace falta en los dos casos es un banco de preguntas amplio y actualizado, y una forma de medir tu progreso. Sin eso, estudias a ciegas durante meses.
Señales de que algo va mal
- Llevas semanas sentado las horas previstas y no cierras ningún tema.
- Haces test todos los días y tu porcentaje lleva dos meses clavado.
- Duermes mal de forma continuada o has dejado toda actividad que no sea estudiar.
- Solo estudias lo que se te da bien.
Ninguna de esas cosas se arregla echando más horas. Se arreglan cambiando el método, y cuanto antes, mejor.
Lo que sí depende de ti
No controlas cuándo sale la convocatoria, cuántas plazas hay ni qué preguntas caen. Controlas las horas que echas, cómo las echas y si llegas descansado al examen.
Ahí es donde conviene poner la cabeza. Y si el primer año acaba en suspenso, tampoco es una noticia rara: la mayoría de los que acaban con plaza tardaron más de una convocatoria.

